Cuando llueve sobre mojado

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“Nunca tomes una decisión cuando estés enfadado, triste, celoso o enamorado”.
– Mario Teguh

Nuestros problemas no se deben a factores externos a nosotros, ni como individuos ni como sociedades; son resultado de una baja capacidad de autogestión emocional. Nuestro ámbito interior no es, como siempre creímos, cosa nuestra; lo que sentimos afecta a otros y viceversa, para bien y para mal.

Atrás, aunque muy poco a poco, están quedando esas ideas de lo privado como cuestión puramente personal, intocable e inocua, puesto que lo que sucede de la puerta del vecino para adentro, o de la nuestra, tendrá necesariamente un impacto público.

Lo que ocurrió en casa de Hitler durante su infancia no solo lo marcó a él, sino a todo el mundo; e igualmente sucedió, positivamente, en el caso de, por ejemplo, la madre Teresa de Calcuta. En nosotros está la decisión. Lo indudable es que no podemos exigir el bien si damos el mal. No porque sea injusto, sino porque es imposible.

La diferencia entre elegir el bien o el mal está en la forma positiva o negativa en que manejamos las emociones, no en nuestras intenciones.

Para cualquier ser humano, la emoción más difícil de manejar es el dolor. El miedo al dolor está en el fondo de todas aquellas conductas humanas que resultan en injusticia y guerra. Hablo de abuso, abandono, maltrato, violencia, crueldad, etc.

Y esto es porque hay una curiosa y aterradora forma humana de gestionar el dolor emocional, que lo empeora todo: sufrir; es decir, rechazar el dolor que se siente provocándose más, pero de otro tipo, lo cual tiene el efecto de desviar la atención o bajar la intensidad de aquel que creemos nos matará. De esta manera, no se va el malestar, pero se vuelve manejable.

Esta conducta tiene una manifestación física, conocida como autolesión. Consiste en producirse a sí mismo heridas corporales. Cuando una persona siente mucho dolor, o incluso solo miedo al dolor, y se resiste a él, aprende que dañarse físicamente reduce la intensidad del sufrimiento de manera inmediata.

Bueno, pues la autolesión tiene una versión puramente emocional. No hace falta quemar la piel con cigarros o cortarla con navajas si se puede, por ejemplo, tener sexo por despecho, tomar cualquier tipo de venganza, traicionar antes de ser traicionado, abandonar antes de ser abandonado, fugarse en los excesos, “ponerse a tiro”, o sea, colocarse en situaciones en las que seremos lastimados, etc.

Si le suena conocido es porque casi todos lo hemos hecho alguna vez o lo hacemos todavía. Son caminos de dolor en cuyo recorrido nos herimos a nosotros mismos, queriendo herir a los demás, o herimos a los demás, queriéndonos herir a nosotros mismos.

Hagamos lo que hagamos, seguiremos sufriendo en tanto sigamos rechazando el dolor que no sabemos manejar, y que muy probablemente ni siquiera estemos sintiendo, porque lo hemos ido manteniendo al margen con conductas autodestructivas.

Así pues, aprender sobre la naturaleza del dolor, sobre cuál es su función y qué beneficios trae a nuestras vidas; saber que sí es tolerable, que pasa y que existen muchas formas de gestionarlo, siempre y cuando lo aceptemos plenamente, es la vía para construir un mundo mejor, por contraposición a la que hasta ahora hemos seguido.

El dolor, el bueno, el real, no el sufrimiento, es suave, aunque profundo y benévolo por liberador. Solo hay que acogerlo y saber compartirlo, porque nos une estrechamente a otros y a nosotros mismos.

Así pues, busque gente que tolere su dolor, que no lo invalide aconsejándole que no lo sienta; acepte sus emociones, todas; dialogue con sus pensamientos negativos, verá cuán irracionales son; ponga límites, a sí mismo y a otros, para no exponerse innecesariamente; elimine las preocupaciones, viva un día a la vez y, sobre todo, quítele las telarañas mentales al llanto para que pueda llorar cuando haya que hacerlo y cuando no, también.

– Fernando de las Fuentes

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