Paren al mundo

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Los insaciables son huecos, infelices, insensibles y narcisistas. Ningún bien material, ninguna emoción, ninguna persona colma su sed de estímulos. Su conocimiento es impreciso y baladí. Son prejuiciosos, impulsivos, irreflexivos; casi siempre están ansiosos, angustiados, estresados, a punto de explotar.

Esta condición los hace manipulables por cualquiera que sepa darles el sobreestímulo que necesitan: publicistas, políticos, líderes de cualquier tipo y, claro, amigos y amores de alto riesgo.

¿Ya los ubicó? No es fácil, porque lo primero que hay que hacer es mirarse al espejo. Así es, sin importar la edad, casi todas las generaciones aún vivas respondemos en algún aspecto de nuestra vida, o en toda ella, al estilo de vida del insaciable.

Vea usted si no: hoy casi todos los pobladores del planeta estamos expuestos a la publicidad y la tecnología, las dos grandes formas de convertir seres pensantes y espirituales en autómatas de atención dispersa, adictos a los estímulos sensoriales continuos y las emociones fuertes, sumidos en la inmediatez compulsiva del consumismo.

Suena fuerte la descripción, pero veamos un solo día de la vida de cualquier de nosotros: desde la mañana estamos checando el celular para ver nuestros whatsapp y probablemente abramos nuestro Face o el Twitter para mirar por un rato las publicaciones y las últimas noticias. No respiramos profundo ni entramos en calma para comenzar la jornada, no. Buscamos el sobreestímulo de un chiste, un escándalo, un dejado en visto.

Durante el día, en nuestros quehaceres comunes, buscamos cualquier momento libre para consultar nuestras redes sociales. Con este hábito entramos en una necesidad constante de estar haciendo otra cosa en vez de concentrarnos en lo principal: el trabajo, el estudio o incluso la introspección. Nuestra mente se vuelve dispersa, vacua, olvidadiza, perezosa.

Para evitar el esfuerzo intelectual, nos conformamos con aquella información que nos proporcionan, y que generalmente lleva, abierta u ocultamente, una intención que no es precisamente la de nuestro equilibrio y bienestar, sino la de producirnos reacciones emocionales que nos impulsan a indignarnos, enojarnos, sentirnos insatisfechos y poca cosa si no se cumplen nuestros deseos materiales o no nos acercamos al prototipo de lo bello y exitoso.

Al llegar a nuestras casas en la noche, continuamos reforzando este patrón frente al televisor, uno de los primeros adminículos tecnológicos que nos permitió evadirnos del momento presente, de la convivencia con otros, del cumplimiento de responsabilidades, etc.

Y así, consumiendo constantemente estímulos que se convierten en emociones sin cauce ni objetivo, bienes materiales, información distorsionada y, sobre todo, distractores, ya ni siquiera somos capaces de escuchar atentamente a nadie por cinco minutos, porque la velocidad a la que nos habla nuestra cabecita loca nos tiene absortos en nuestros propios pensamientos, en los cambiantes deseos que experimentamos, en la ansiedad que todo ello provoca, y que acostumbramos calmar tan solo por unos momentos con la satisfacción inmediata y efímera de necesidades insaciables.

Por eso hoy en día técnicas de meditación como el “mindfulnes”, para cualquier persona, en cualquier momento del día y en cualquier actividad, son tan necesarias para hacer esas pausas que nos desenchufarán del acelere o, como decía Mafalda, para parar el mundo y bajarnos un rato.

El visionario Zygmunt Bauman, sociólogo, filósofo y ensayista polaco-británico de origen judío, nacido en 1925 y fallecido en 2017, llamaba a este tipo de vida de insaciabilidad, la modernidad líquida, y decía que “es una civilización de excesos, redundancia, desperdicio y eliminación de desechos”.

Nadie mejor que Bauman para explicar las consecuencias de la suma de los malestares individuales: “Por culpa de esa adversidad, tendemos a ir dando tumbos, tropezando con una explosión de ira popular tras otra, reaccionando nerviosa y mecánicamente a cada una por separado, según se presentan, en vez de intentar afrontar en serio las cuestiones que revelan”.

Una vez más, nos encontramos con que lo individual impacta a toda la colectividad.

  • Fernando de las Fuentes

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